Los que se quedaron en el ruedo *

*Publicado en el suplemento Día D, del Diario 2001, en 2012 **

Dino, Nino y Vito forman parte de la última generación de sastres en Caracas que aún se mantienen activos. En sus talleres la confección es un arte, el detalle el protagonista, y la paciencia el mejor socio. Para estos abuelos de la historia de la inmigración italiana solo los que concienticen la sublimidad de la perfección merecen ejercer la sastrería

Indira Rojas

Los pulmones de Dino Castorani se inflan de nicotina mientras los labios se despegan despacio del cigarrillo con un placer indescriptible. Son las cuatro de la tarde, no hay clientes en el local, solo queda un empleado en el taller de sastrería, y se siente libre de espolvorear la atmósfera con las humaredas breves que expulsa el cigarro hasta consumirse. Detrás de él un cartel en vano reza: “Espacio 100% libre de humo”.

Al igual que el cigarrillo, el café se ha convertido en un acompañante frecuente y necesario. No hay almuerzo que no cierre con un café espresso, expresión de su naturaleza italiana. “Yo le digo al cafetero ‘dame un Dino’ y él sabe que debe prepararlo como a mí me gusta”. Una vez terminada la breve interrupción, regresa al taller para culminar con la chaqueta que lleva confeccionando toda la semana. La jornada, como el vicio, es sagrada. “La sastrería es un arte, mi amor, un traje se hace en cinco días o más. Tienes que querer este oficio, yo amo lo que hago”, dice.

Castorani, de 72 años de edad, pertenece a una generación de sastres que arribaron al país entre las décadas de los 60 y los 70. Preserva una nostalgia breve hacia su país natal, al que no quiere regresar en calidad de residente, y con esta determinación lleva una historia que se repite en otros paisanos que aún se aferran a sus sastrerías y a los recuerdos que viven en ellas. Con los rastros particulares de cada personaje, sus colegas Nino Carbone y Vito Finiello también tienen cuentos de migración, arte, y sacrificio, y los tres formaron parte de la extinguida Asociación Venezolana de Maestros Sastres.

Rey sin heredero

Settimia Finiello preparaba el almuerzo en un pequeño cuarto, que hace las veces de cocina al fondo del taller, cuando su padre decidió que era momento de continuar la marcha. Se sentó en un banco sin espaldar, tomó la chaqueta marrón, se ajustó los lentes que hasta ahora habían colgado en su cuello, y comenzó a coser. Para ese momento Settimia era solo una voz, que emergía de vez en cuando de la cocina para preguntarle a su padre, Vito, si ya tenía ganas de comer su sopa. Pero el sastre reanudó su labor sin hambre, estómago, hora o almuerzo que valiera. Frenarlo no sería fácil.

A su lado, una niña sonreía sin razón y lo miraba con interés. “Esa es mi hija menor”, dijo Settimia, que había salido del pequeño cuarto, rebosado en vapor, con la intención de persuadir a su padre para almorzar. Vito alza la mirada y le dice con cariño que aún no va a comer. Aprovecha la oportunidad y confiesa: “Yo quise enseñarle a ella el arte de la sastrería, pero su madre no me dejó. Decía que eso era cosa de hombres, no quiso. No quiso que le siguiera enseñando”.

Su hija confirma la historia, que ha dejado sin duda otras tantas entre líneas, y acepta con algo de tristeza que una vez que su padre ya no se dedique al oficio, o fallezca, no hay nadie que continúe el negocio ni que mantenga el taller en Las Mercedes. Hasta ahí llega la “Sastrería Vito Finiello”. “Por mí que dure cien años más, no quiero pensar qué pasará con la sastrería si él decide retirarse. Por ahora mis hermanas y yo no lo obligamos a dejar esto porque entonces se sentiría inútil”. Inútil. Una palabra que les da miedo, que hace brincar a los sastres de sus sillas, y los obliga a responder por su reputación. “Abandonar el trabajo… eso solo hace que uno se muera más rápido”.

Dino tiene una suerte similar: dos hijas, ningún heredero. No duda que su negocio sufrirá una expiración inmediata, pero prefirió la muerte natural de su sastrería antes que obligar a sus hijas a aprender el oficio. Allí sigue, y se resiste a abandonarla. Su segundo hogar de menos de cien metros es el templo de su vitalidad. Todos los días, incluidos los sábados, abre el local en el Centro Comercial Lido a las once de la mañana, almuerza con sus colegas, toma el café, y se retira a las cinco. Anteriormente se permitía una siesta, pero la reducción de su personal en los últimos años le ha añadido más carga a su jornada diaria. “Hoy está muy difícil conseguir personas comprometidas que trabajen en la sastrería”, comenta. Y he allí el verdadero dolor de cabeza de estos maestros.

La marca, el nombre

Nino Carbone conoció a Eladio Larez cuando almorzaban en el Lee Hamilton un tarde en el año 2000. Sin otra publicidad que la recomendación de una amigo en común, el afamado conductor de “¿Quién quiere ser millonario?” decidió contactarlo. Ya van 12 años de amistad, y Larez no tiene planes de otorgar su fidelidad a otro sastre.

La clientela ha mermado, sin duda. Nino afirma sin mucha preocupación que “unos se han ido del país, y otros amigos han muerto”, pero esto no es suficiente razón para cerrar las puertas de la sastrería. Así como Nino, sus otros dos colegas han cultivado amistades asociadas con su labor que piden incluso más de un traje por mes, según la capacidad monetaria para adquirir estas piezas hechas a la medida con un costo de 12 mil bolívares, 20 mil, e incluso, 40 mil bolívares.

Son estos clientes fieles los que traen a las puertas de las sastrerías otros posibles interesados, y es así como se genera una reputación. Bajo perfil, alta clientela. Poca exposición, mucha calidad. Las ecuaciones en la sastrería se trasladan desde la mesa de trabajo, donde el oficio les enseña sutilmente de geometría descriptiva, hasta la vida diaria. Y en un resultado perfecto, los que supieron realizar las cuentas correctamente, se quedaron en el ruedo. Y el prestigio les ha dado el potencial de una marca: su nombre es la voz de la elegancia y el estilo. El nombre, la identidad que ha absorbido el significado de su labor, es la herramienta para trascender más efectiva. N.C Confecciones, iniciativa de Giancarlo Carbone, es el proyecto ideal para mantener la vida de Nino condensada para el futuro.

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Uniformes de lujo

Pasar parte de la tarde de los fines de semana en el taller de sastrería de su padre no le inspiró ni una leve inclinación por el oficio. Giancarlo, hijo menor de Nino, confiesa que al contrario esta experiencia poco divertida, en la que veía a su padre trabajar sin descanso, fue una verdadera advertencia. Sin embargo, esto no le quitó las ganas de dejar un aporte al negocio.

Luego de graduarse de contador público en la Ucab, Giancarlo ingenió un proyecto de venta de uniformes bajo el nombre de N.C Confecciones. Comenzó como una oferta plus, una opción para algunos clientes, sobre todo dueños de bancos o empresas, a quienes se les ofrecía la confección de uniformes corporativos para los empleados. Una vez que se hizo un negocio rentable, nació la empresa.

No busca competir con otras compañías que prestan este servicio, su misión es residir en el nicho cultivado por Carbone y mantener la calidad del material textil. No hace falta más. Tal vez, en los deseos de Nino, solo faltaría agregar un nieto que quisiera continuar con la tradición de la sastrería. Yohanna Contreras, hija de su primer matrimonio, no tiene hijos. Pietro, su hijo mayor y reconocido barista, es padre de dos niñas que no superan los 8 años de edad y Giancarlo tiene una pequeña de cuatro.

Nino, en su expresión más sincera, sabe que iniciar a sus nietas en el oficio es una misión de locos, una idea casi utópica. Pero el fácil experimento de soñar mantiene en él una expectativa secreta. “Yo alguna vez dije que si tenía un nieto que se inclinara por la sastrería yo viviría por 120 años, primero por la felicidad que eso me traería, y segundo para que me diera tiempo de enseñarle todo”.

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**Este texto surge de la investigación para mi tesis de grado Memorias hilvanadas. Semblanza de tres sastres ítalo-venezolanos.  Luego de que Boris, un gran oso que escribe grotextos, evaluara la posibilidad de sacarle más jugo al tema; se decidió que lo que sería la reseña de la tesis merecía ser convertida en una crónica y pasar a su suplemento Día D con más penas que glorias (mentira, pura gloria), nada más difícil que condensar un trabajo de grado en 5000 caracteres y nada más grato que relatar.

Mil gracias.

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